Por David Acosta
Los habitantes de Quintana Roo han pasando de la indiferencia, a la indignación y de esta indignación al repudio de la figura del gobernador Carlos Joaquín González, quien no acaba de entender a los quintanarroenses, pero ha insistido en mantenerse encerrado en su burbuja con su grupo que trajo de fuera. Lo preocupante a estas alturas de su administración es que la gente empieza a pedir su renuncia y aunque se sabe que los cargos de elección popular no son renunciables, la ingobernabilidad y el vacío de poder es cada vez más evidente.
El espeluznante asesinato del comandante de la policía estatal, José Antonio Archi Yama puso el dedo en la llaga, nuevamente las redes sociales se inundaron de críticas y reproches por su insistencia de mantener a Jesús Alberto Capella Ibarra al frente de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), a pesar de que el estado se encuentra en la peor violencia de su historia y es la entidad más violenta del sur del país.
El presidente Andrés Manuel López Obrador lo dijo en su conferencia matutina del viernes pasado: Quintana Roo es el estado que no presenta avances en seguridad pública en esta región del país; si debió o no decirlo es otro asunto. En sus cifras alegres y en su afán de seguir en el intento de engañar a los quintanarroenses Joaquín González no quiere ver la realidad, prefiere escuchar solo lo que le dicen sus corifeos que le rodean, como aquel viejo cuento del rey que se vestía con su traje invisible.
Luego de que se confirmó la muerte de Archi Yama este domingo, al mediodía, Joaquín González envió un mensaje vía Twitter en el que condenó el hecho como si eso resolviera algo, como si el papel de los gobernantes fuera condenar, es actuar y resolver. Lo más destacable del post es que a tres años de iniciada su administración continúa responsabilizando a los que se fueron de lo que hoy pasa, solo hay que recordarle lo dicho por la canciller alemana Angela Merkel: “culpar a los gobernantes predecesores es una salida fácil y mediocre”.
La única estrategia que surgió de la Coordinación General de Comunicación (CGC) es culpar a los medios de ser voceros del crimen organizado, es decir los culpables son los medios de comunicación, no la falta de resultados en materia de seguridad pública ¡ver para creer! Hay quienes son voceros del gobierno del estado y se prestan para esta guerra de información, en la que defienden a capa y espada la postura oficial que les es dictada, lejos muy lejos como este gobierno de la realidad de los quintanarroenses.
El cuento de las cámaras que se debieron instalar en Cancún que se anunciaron con bombo y platillo no se ven por ningún lado, no se trata solo de que no haya resultados, físicamente no se ven. El centro de operaciones con el que se debían controlar estas cámaras tampoco se sabe nada, lo que sí se sabe es que los dos mil 900 millones de pesos se están pagando puntualmente con los recursos de los quintanarroenses; huele a corrupción.
Ni que decir del Mando Único que solo ha servido para obtener recursos económicos del Gobierno Federal que nadie sabe a dónde van parar, además de enfrentamientos políticos, acrecentar las estadísticas delictivas y poner a los policías en la mira del crimen organizado.
El asunto de la inseguridad en Quintana Roo es por falta de estrategia, pero también está empañada de corrupción y de complicidad, según dice la propia delincuencia organizada.
Uno de los pretextos para la implementación de más acciones preventivas es la insuficiencia de recursos, pese a que este año la SSP ejerce más de cinco mil millones de pesos y a esto hay que sumar los rumores cada vez más insistentes en Chetumal de que en la Sefiplan y la Seop salen constantemente costales de dinero con rumbo desconocido.
Lo lamentable en el caso del gobernador Carlos Joaquín es que no entendió, y a estas alturas es difícil que lo haga, la importancia que tiene para los quintanarroenses haber elegido a un gobernante que no es originario de la entidad y de todas las luchas y enfrentamientos que esto causó. En caso contrario habría dado el valor a los aquí nacidos y avecindados, antes que la gente traída de fuera y que están hundiendo a la entidad en su peor crisis.